El Consejo Nacional Electoral (CNE) aprobó el calendario que regirá las elecciones generales de este año. A partir de hoy, se activa formalmente el proceso que definirá quién tomará el poder en 2026 y con qué clase de Congreso y gobiernos locales deberá gobernar.
Lo que para el CNE es un procedimiento técnico —fechas, plazos, convocatorias—, para buena parte del país es una rutina con sabor a repetición. Hay 11 partidos habilitados, algunos con estructura real, otros apenas sostenidos por firmas. La convocatoria oficial saldrá en los próximos días, con los pasos conocidos: inscripción de alianzas, revisión del censo, campaña.
Pero lo verdaderamente relevante no está en el cronograma, sino fuera de él: la apatía de muchos votantes, el descrédito de los partidos, la percepción de que las reglas cambian dependiendo de quién las aplica. El CNE ha dicho que su compromiso es fortalecer la participación, pero no explica cómo se combate el hartazgo de un electorado que siente que votar no cambia nada.
Esta será una elección marcada por la incertidumbre. No por lo que pase en las urnas, sino por lo que suceda antes y después: las alianzas improvisadas, la presión de grupos económicos, la fragilidad de las instituciones. El CNE habla de transparencia. El país, de sobrevivencia.

