La elección de la vicealcaldesa de Quito, prevista para mayo de 2025, dejó de ser una formalidad de paridad de género. Hoy es una jugada estratégica en el tablero político de la capital, donde la sombra de la revocatoria a Pabel Muñoz agita las aguas del Concejo Metropolitano.
El correísmo, que aún controla el bloque mayoritario, insiste en reelegir a María Fernanda Racines. Pero la votación del pasado 29 de abril encendió las alarmas: la concejala Blanca Paucar, hasta entonces aliada oficialista, se alineó con la oposición. Y otros, como Joselyn Mayorga y Gabriel Noroña, se abstuvieron. Un mensaje claro: el bloque no está firme y la aritmética política ya no es predecible.
El riesgo no es menor. Si la revocatoria de Muñoz avanza —como ya insinúan ciertos sectores—, la vicealcaldesa asumiría el cargo. Por eso, la elección no solo decide una figura institucional, sino quién podría dirigir Quito en caso de vacío de poder.
La oposición, que huele oportunidad, ha empezado a mover sus piezas. Nombres como Estefanía Grunauer (Pachakutik) y Cristina López (Socialista-SUMA) se perfilan como candidatas de consenso. Pero más allá del nombre, las negociaciones incluyen la distribución de comisiones y el equilibrio de fuerzas dentro del Concejo.
Quito vive una especie de interregno: un alcalde debilitado, una vicealcaldía en disputa y un Concejo que se mueve al ritmo de alianzas frágiles. La elección que viene no es solo institucional. Es una antesala a una eventual sucesión. Y todos, oficialismo y oposición, lo saben.

