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¿Rebelión o chantaje de la vieja política liberal?

En Antioquia, tres congresistas liberales —María Eugenia Lopera, Juan Diego Echavarría y John Jairo Roldán— le mandan una carta a César Gaviria exigiendo la cabeza de lista a la Cámara, bajo la amenaza velada de irse del partido y “dejarlo sin umbral” en el departamento. En otras palabras: o me dan el primer puesto o exploto la casa.
El problema no es la carta. Es el contexto. Mientras el Partido Liberal, ha intentado ubicarse en la orilla de la oposición al gobierno de Gustavo Petro, el grupo de Congresistas firmante ha jugado a ser socio complaciente del petrismo. Aplausos, aprobación de reformas nefastas para el país, mermelada, y silencios cómplices. Y ahora, para rematar, se amarran con el equipo de Bello en una alianza que para las bases liberales tradicionales se siente como lo que es: una bofetada.

Esta unión se parece a un pacto entre Dios y el diablo. No porque haya buenos impolutos de un lado y malos absolutos del otro, sino porque se trata de dos universos que en teoría nunca deberían mezclarse si se tuviera un mínimo de coherencia política. El liberalismo que se rasga las vestiduras hablando de libertades, instituciones y oposición al desorden nacional, abrazado con un grupo cuya lógica es estrictamente clientelar, transaccional, de “¿cuánto hay pa’ eso?”.

El mensaje a la militancia es devastador: no importan los valores, importan los puestos. No importa la historia del partido. No importa el costo ético de las alianzas, importa cuántos votos suman los caciques de turno. Luego llega la carta a Gaviria y se vende como una especie de acto heroico: “sin nosotros el Partido Liberal no alcanza el umbral en Antioquia”. Lo ofensivo no es solo el tono, sino el descaro. Porque mientras los liberales de base que crecieron escuchando hablar de López, de Galán, de las luchas por las libertades públicas, intentan entender qué significa hoy ser liberal, se encuentran con que la “renovación” del partido en Antioquia es un matrimonio de conveniencia entre estructuras que ayer se insultaban y hoy se reparten la torta.

El liberalismo antioqueño debería estar discutiendo cómo ser oposición seria frente a un gobierno nacional que ha demostrado improvisación, populismo y una capacidad peligrosa para jugar con el orden institucional. Debería estar pensando cómo recuperar las banderas sociales sin entregarse al desgobierno, cómo hablarle a una ciudadanía hastiada de la corrupción. Pero no: el debate público termina girando en torno a si un trío de congresistas se lleva o no el primer renglón de la lista a la Cámara. El país incendiado y ellos peleando por la silla más cercana al ventilador.

Un partido que se dice liberal no puede normalizar que su estrategia en Antioquia se base en un pacto que muchos comparan, con razón, a un abrazo entre Dios y el diablo y pretenden, además, que la gente aplauda.

Tal vez ha llegado la hora de que alguien en el liberalismo tenga la valentía de decir que no todo se negocia. Porque si el partido se acostumbra a estos pactos, después no venga a preguntarse en qué momento dejó de ser alternativa y se convirtió, simplemente, en otra sigla más al servicio del turno en el poder.

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