¿Quién va a garantizar ahora que el presidente madrugue y no llegue 258 horas tarde a todos sus compromisos? Sarabia, la única persona a la que Petro le confiaba su agenda, será difícil de reemplazar.
En El discreto encanto de la burguesía, una película de 1972 dirigida por Luis Buñuel, se destaca el peculiar personaje de Rafael Acosta, embajador de Miranda, un país latinoamericano que seguramente hacía alusión a Colombia o Venezuela. El corrupto embajador, agresivo y carismático, protagoniza la historia con episodios violentos vinculados a su país, incluyendo un negocio de cocaína dentro de la mismísima embajada de Miranda.
Esta curiosidad cinematográfica – además de ratificar la presencia de la cocaína en Colombia desde antes de los 80 – se manifiesta como un símbolo del gatopardismo que se observa en tantos aspectos de este gobierno, representado a la perfección en el más reciente escándalo de Armando Benedetti: 50 años después de la película de Buñuel, embajadores de esa calaña no nos resultan extraños.
“Que todo cambie para que todo siga igual”. O bueno, que cambie, pero hacia la ineptitud. Porque durante estos primeros meses del gobierno de Petro ha quedado en evidencia su intención de perpetuar muchas de las prácticas que antes criticaba, solo que de forma inexperta y torpe.
La disonancia entre el discurso de Petro para llegar al poder y sus formas al ejercerlo hacen recordar al famoso cierre de Orwell en Animal Farm: “(..) los animales de afuera miraron del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo, y nuevamente del cerdo al hombre; pero ya siendo imposible discernir quién era quien”. Con la diferencia que, en esta ocasión, los cerdos que tomaron el poder de los granjeros que tanto reprendieron, se destacan por su incompetente imitación: se levantan a las 10 de la mañana, tienen la popularidad por debajo del 30%, han cambiado ya la mitad de su gabinete y tienen a su coalición en el Congreso con reformas tambaleando. Todo en menos de un año.
Porque además de volver a dejar en evidencia el pacto (Histórico) con el diablo que estuvo dispuesto a realizar Petro con personajes como Benedetti para ganar las elecciones, el escándalo alrededor del exembajador y Laura Sarabia, deja abiertos varios frentes que amenazan con poner al presidente a la defensiva el resto de su mandato.
El primero, por un tema meramente operativo: ¿quién va a garantizar ahora que el presidente madrugue y no llegue 258 horas tarde a todos sus compromisos? Sarabia, la única persona a la que Petro le confiaba su agenda, será difícil de reemplazar, más teniendo en cuenta la actitud de desconfianza y atrincheramiento que ha adoptado Petro. Sin alguien que cumpla ese rol, la baja capacidad de ejecución del presidente podría volverse nula.
El segundo frente, por la dificultad de justificar el evidente abuso de poder perpetrado por aquellos que le hablan al oído a Petro. ¿Cómo podrán explicar al público la supuesta necesidad de chuzar las comunicaciones y someter a un polígrafo, en un sótano, a la niñera de la persona más cercana al presidente? Pasaron de perseguidos a perseguidores.
Finalmente, surgen dudas en torno a la financiación de su campaña, que según registros oficiales estuvo a pocos millones de superar los topes. Los presuntos 15.000 mil millones por debajo de la mesa en el Caribe que ventila Benedetti, la región cuyo sospechoso récord de participación y aumento en votos le dieron la victoria a Petro en segunda vuelta, lo pondrán contra la pared. Mirando de reojo lo que pasó con Samper o con la reelección de Santos, la Historia no se repite, pero a menudo rima. Y esta vez parece rimar con Venezuela y con cocaína. En fin, nada cambió, pero todo cambió.
Fuente: http://www.elcolombiano.com

