Quienes somos mayores de 40 recordamos con cariño un programa de televisión gestado por Carlos Vives llamado la Tele, donde la irreverencia extrema era un bálsamo para esta Colombia tradicional, anquilosada y repleta de doble moral – repleta según la Tele- de Iguazos personajes colombianos que son como una verdadera lepra vestida de lagartiga con camiseta tricolor y que nos llena de vergüenza, aunque como las cucarachas no para de reproducirse y exportarse.
Cada ocho días a una hora en punto, algo exótico hoy cuando uno ve lo que quiere ver y a la hora que le da la gana, el elenco de La Tele irritaba púlpitos, rezanderos, moralistas y todos aquellos verborreicos con superioridad moral, quienes en su doble vida tanto practican lo que condenan. Sin embargo, hubo un término que nos marcó a muchos y se convirtió como en una perfecta descripción sociológica, antropológica y cultural del colombiano promedio cuyo término y acento era inolvidable: el Iguazo.
El Iguazo se define como una especie de compatriota con piel de cocodrilo, quien quizá soñaba con ser disruptivo en contra corriente de las buenas maneras y terminaba siendo una degradación personal del sentido común y del bienestar colectivo, un enemigo de las libertades del otro y – lo que es peor- un depredador natural de todo aquello cuya preservación es un derecho.
No es tan simple como tildar a un compatriota de Iguazo porque va contra las buenas costumbres o porque no es una persona de bien; puesto que el tiempo nos ha demostrado que nuestra historia política, religiosa, cultural, social, musical y de todas las índoles está repleta de pseudo referentes morales que aparentan una vida ejemplar, pero en su trastienda privada generalmente albergan una doble vida llena de violencia y degradación que lastima a miles de personas.
¿Qué es un iguazo entonces? No pretendo terminar de definirlo de manera tajante pues me gustaría que usted como lector se lo imaginara, pero a mi juicio el Iguazo es alguien cuyo comportamiento nos produce vergüenza, pero no se que tan criminal o delincuencial termine siendo, pues para el iguazo su comportamiento se rige más desde la órbita del “sálvese quien pueda” que desde los valores colectivos de la solidaridad, la compasión, la generosidad o la preservación.
En el verano pasado vimos a ciertos iguazos escalando por las paredes del Hard Rock Stadium en Miami para ingresar a la final de la Copa América, incluso y para vergüenza de muchos de nosotros, agrediendo policías y metiéndose por los ductos del estadio, cual malandrines en la noche; actos de ese sálvese quien pueda que emerge como cultura nacional bajo el imaginario de que el vivo vive del bobo.
Por estos días cuando, con mucha mermelada y edulcorante verborreico, el embajador en Reino Unido, una clara muestra de un Iguazo con piel y cola de reptil nos anuncia que los colombianos de nuevo vamos a tener que buscar visa para ir a Britania, por la presión política interna del Reino Unido que llevó a dicha decisión por cuenta de un grupo de mil colombianos que han llegado a ese territorio y de inmediato piden asilo. Contó el reconocido Iguazo Barreras que muchos connacionales llegan con un “kit de asilos” que es vendido por inescrupulosos que montaron ese negocio para aprovecharse de los colombianos y por conocer las bondades de la ley en Reino Unido. No hace falta que nos expliquen mucho sobre el porqué, es tácito pensar que muchos iguazos deterioraron la confianza de quienes abrieron las puertas de ese país como lo han hecho en varios lugares del planeta.
Iguazos es lo que somos.

