En el torbellino político colombiano, se ha querido instalar la idea de que Juan Carlos Pinzón es un “elitista santista” que margina a Abelardo de la Espriella por miedo al voto masivo. Se presenta al abogado como un agitador popular que vibra con el “país real”, mientras Pinzón queda caricaturizado como un burócrata frío, sin seguidores ni alma.
Pero esa narrativa ignora lo esencial: la distancia de Pinzón no se explica por temor, sino por cálculo político y sentido institucional. Porque lo que acompaña a De la Espriella no es un movimiento limpio, sino un historial de fraudes, escándalos y enredos legales que lo convierten en un aspirante tóxico para cualquier coalición seria.
Su trayectoria está marcada por episodios que lo persiguen desde hace años. En el pacto de Ralito, representó a paramilitares en un rol que aún hoy genera sospechas. En el escándalo de DMG, David Murcia lo acusa de haberse apropiado de bienes durante su extradición. En el caso Carlos Mattos, enfrenta señalamientos de colusión entre defensores y acusadores para manipular millones de dólares. Y no faltan las denuncias por retención de propiedades de narcotraficantes como el “Mono” Abello, o su defensa de Álex Saab, señalado como testaferro de Nicolás Maduro.
Incluso su litigio gratuito a favor de Álvaro Uribe, presentado como devoción, se lee más como un cartel publicitario que como generosidad. El patrón es claro: acercarse a figuras poderosas, explotar contactos y terminar señalado por corrupción o manipulación.
Pinzón, en cambio, apuesta por una coalición ética, con vocación de gobierno y credenciales verificables. Su silencio frente a De la Espriella no es miedo, sino rechazo a un perfil que resta credibilidad y que arrastra pasivos imposibles de ocultar.
Por: Carlos Escobar

